En vísperas del torneo: la sed acumulada

Habíamos pasado años difíciles. La pandemia había detenido torneos, viajes, competencias; los primeros meses fueron de refugio, de cuidar a nuestros seres queridos y, para muches, literalmente convivir con la muerte: una pausa forzada. Pero poco a poco regresaron las retas, primero tímidas, luego constantes, y con ellas también regresó esa hambre de juego que se respiraba en cada cancha.

Para cuando llegó este clasificatorio en San Luis, la sed era palpable. Todos queríamos jugar bien; los veteranos no solo querían jugar: querían ganar, querían ser los mejores, querían clasificar. Yo simplemente quería dar lo mejor de mí.

La pandemia, casualmente, fue la puerta de entrada al polo, y solo un mes o dos antes de conocer el deporte había sido mi entrada al ciclismo urbano, desde aquella bici de Reyes Magos que desgasté a más no poder hace década y media.

Algo muy importante para mí —y que no había mencionado antes— era que tenía un equipo. Mientras otres compañeres habían sido invitades a los mejores equipos del país, yo tenía un equipo propio. No es que lo hubiera construido completamente yo, pero sí participé activamente en formarlo. Éramos un grupo talentoso, agradable, y eso para mí era muy valioso: llegar acompañado.

La mañana del torneo

Aquella mañana me levanté emocionadísimo. Me bañé, preparé todo lo necesario para que durante el torneo no me faltara nada. Me adelanté al resto del equipo porque había quedado en ayudar al arbitraje y al rol de juegos. Siempre he considerado que no solo se trata de jugar bien, sino de comprender y aportar al deporte desde otros ángulos: la organización, el arbitraje, la estructura.

Salí del Airbnb —hacía muchísimo frío— y caminé entre neblina e incertidumbre para llegar a la cancha. No era complicado, pero el ambiente tenía esa densidad previa a algo grande.

Un cambio en el ambiente

En torneos previos, todo estaba atravesado por la camaradería: risas, bromas, retas amistosas. Pero en San Luis el tono cambió desde el primer minuto.

Las retas solo habían sido juego. Aquí era otra cosa. Competencia real. Juegos serios. Había tensión. Había silencio. Y, aunque también había momentos graciosos, estaban rodeados de algo nuevo: el peso de la clasificación.

El respeto seguía ahí, pero transformado: para respetar al rival había que jugar duro, sin condescendencia.

Hubo choques, faltas, discusiones breves nacidas del calor del partido. Nada fuera de lo normal para un deporte, pero sí un síntoma de que todos querían más.

Los nervios: mi primer combate

Yo estaba nerviosísimo. En torneos previos me había costado muchísimo controlar mi cuerpo y concentrar lo suficiente mi mente. Todavía recuerdo cómo, las primeras veces que tomaba la pelota, todo alrededor se silenciaba y los gritos, las bullas, poco a poco se volvían silencio, y mi corazón un tambor que amenizaba toda la cancha. Ahora, con un clasificatorio más exigente, todo se intensificó: manos temblorosas, equilibrio intermitente, caídas que creía haber superado. Era como si, en ciertos momentos, solo existieran la pelota y mi corazón.

“Pásala, tira, recupera, vuelve a tirar, levántate, levántate más rápido, toca a media cancha, rápido, más rápido”, una y otra vez en mi pensamiento.

Uno de los momentos más emocionantes del torneo fue enfrentar a Superpolo. Para mí era imposible jugar como ellos: rapidez, estructura, trucos, precisión, control total de la bici. Eran un equipo all-stars.

En un momento nos llovieron tiros durante casi dos minutos. Era parar, parar, parar… y no entró ninguno. Fue agotador y glorioso. Sabíamos que no ganaríamos, pero tampoco fue una paliza abrumadora: 5–1 o 4–1.

Y esa sensación —esa avalancha de tiros, esa adrenalina de resistir— me dio algo inesperado: confianza. Cada pase correcto, cada tiro logrado, incluso cada defensa exitosa, era una experiencia enorme porque estaba sucediendo contra los mejores

.

Tras mis partidos sabía que era cuestión de tiempo quedar fuera. No me molestaba, pero sí sentía un vacío. Quería más. Quería ser mejor. No necesariamente ganar aún, pero sí aprender de todo: cómo defender, cómo atacar, cómo leer una jugada, incluso cómo bromear después de anotar un gol.

Mientras veía otros partidos, descubrí que venía el combate principal: los dos mejores equipos del torneo se iban a enfrentar.

De doce equipos, íbamos quedando como en el sexto. Para mí eso significó esperanza. Jugar contra gente con más tiempo y experiencia y, aun así, no quedar abajo del todo fue muy chido. No me sentí débil, no me sentí tan novato. Sentí un impulso por mejorar.

Superpolo y Nahuales: una historia de tragedia y revancha

Superpolo tenía a Daniel Ruano, Daniel Mendiola, Diana Mendiola, Enrique y Mujica: los mejores del país. Yo los había visto jugar tantas veces y no había partido que no me sorprendiera, que no me cautivara.

Los Nahuales eran la otra fuerza. Kevin —antes Superpolo, expulsado, desterrado— regresaba ahora como fiera, como tragedia viva. Su revancha era llegar a la final. Y lo logró.

Con él estaban Felina, arquitecta y feroz dirigía desde las gradas ; Juan Diego, desde Colombia, estilo latino glamuroso, Daniel Cisneros siempre surreal en cada uno de sus movimientos y Axel, que sabía ser un buen soldado en esta escuadra.

Solo ver esa combinación ya valía la entrada al torneo.

La final fue un combate frío. Nada de risas. Había tensión, silencios, bullas, gritos sueltos, espasmos colectivos cuando un tiro pegaba en la llanta.

Superpolo era más técnico. Los Nahuales, más bruscos, más feroces, más viscerales. Y cada nuevo minuto lo demostraba.

Una escena me marcó: Daniel Ruano traía el balón. Kevin venía directo hacia él, como una embestida. Ruano alcanzó a descliparse parcialmente para no salir volando. La bici salió por un lado. Él cayó controlando el impacto. Brutal e impecable al mismo tiempo.

Kevin era fuerza bruta, pero también valor. Valor de regresar después de la expulsión. Valor de creer que debía estar ahí.

La victoria y el duelo

Finalmente Superpolo ganó. Aunque no por muchos goles, habían demostrado que eran mejores, estratégicamente superiores y, definitivamente, lo mejor del polo mexicano.

Pero los Nahuales no eran simples perdedores; de hecho, para mí fue una muestra viva de cómo ganar en la derrota. Porque es fácil jugar sabiendo que tienes a los mejores en tus filas, pero hay que ser más heroicos para retarlos a ellos: sin titubeos, sin rencores, pero sobre todo sin temor a perder.

Se quedaron tirados en el suelo y, de pronto, las lágrimas comenzaron a brotar. Nunca olvidaré aquel momento. Era luto y festejo al mismo tiempo, en la misma cancha, en el mismo instante, en el mismo clasificatorio. Un duelo hermoso y humano.

Yo abracé a Daniel Mendiola, lo felicité; pero también me acerqué a los Nahuales. Nos tendimos a su lado. Muchos lo hicimos.

El renacer de la comunidad

Tras la victoria, la tristeza y la tensión, llegó la reconciliación emocional. La comunidad resurgió: abrazos, risas, felicitaciones, chistes, fotos… Ese es quizá el precio de mejorar: renunciar a esos sentimientos, aunque sea momentáneamente. No quiere decir que se perdieran; simplemente tuvieron que guardarse bajo llave, en alguna parte del corazón, en alguna parte del estómago, para sacar otros más oscuros, más certeros, pero igualmente humanos.

Las heridas —rodillas raspadas, codos sangrantes, mallets rotos— eran prueba de que se había dado todo.

Tomamos la foto final. Cada quien volvió a su hotel, su Airbnb, sus casas temporales. El sol bajaba. Las bicis se alejaban. Los coches cruzaban a lo lejos.

El torneo se cerraba, pero lo que se avecinaba era la celebración: reencontrarnos como otras personas, o las mismas, pero transformadas.

La comunidad, aunque había tenido que guardar su suavidad y sacar sus partes más duras, volvía a respirar. El torneo había dejado marcas, heridas, aprendizajes y una certeza compartida: todes habíamos ganado algo.

Pew!

Pewi

Fotos de @perritosdemontaña

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