Antes de la batalla

Salí tarde del trabajo, algo muy común para quienes entrenamos un deporte sin recibir paga por hacerlo. Como iba a ausentarme todo el fin de semana —quizá un día más— era necesario reponer turnos y había pasado los últimos dos días doblando. Recuerdo que se portaron relativamente amables al no cargarme lo más pesado, pero trabajar más de catorce horas seguidas sigue siendo una chinga.

Vivía a veinte minutos en bici, así que llegué a casa rápido. No había dormido y no pensaba hacerlo: mi autobús salía a las seis de la mañana y la mochila seguía sin armar. Prepararla parecía sencillo, pero la primera vez nunca lo es. Dudé de todo: ¿llevo esto?, ¿me faltará aquello?, ¿será suficiente? La emoción tampoco ayudaba. Yo era el más nuevo del equipo y quería llegar preparado, puntual, útil. Digo, todes sabían que era el más amateur, pero tampoco quería que se notara a todas luces.

A las cuatro de la mañana ya sabía que no dormiría. Me hice algo de comer para aguantar y terminé de empacar. Luego pedaleé hacia la central sin saber exactamente cómo funcionaba viajar con bicicleta en autobús, lo cual me ponía bastante nervioso: “¿y si perdía el autobús?, ¿y si no llegaba?”. Eso pasaba por mi mente y no era fácil de ignorar.
Todo salió bien. Me registré, subí y, como era de esperarse, después de aguantar unos pocos minutos mirando el camino, me dormí.

Desperté cuando el Bajío ya se desplegaba frente a la ventana. Lo interpreté como un recibimiento. San Luis Potosí se veía distinto a cualquier lugar donde hubiera competido antes. Y más distinto aún porque llegué sin señal, sin crédito y sin mapa. Algo dentro de mí quiso probar la intuición. No era malo para ubicarme espacialmente: seguí el ritmo de la ciudad, el flujo de coches, el sentido de las calles. Pedaleé hacia donde intuí que estaba el centro.
Terminé llegando al museo del ferrocarril. Y justo ahí, como si estuviera escrito, salió un grupo de poleros que venían de casa de Diego. Los reconocí por la familiaridad del caos: mochilas, cascos, bicis, risas. Me dijeron que irían a la Cañada del Lobo.

No había desayunado, así que compré una gordita de horno: mi primera. Aún recuerdo el sabor tibio, como si el viaje empezara por el estómago.

“Doblar turno previo, ir sin señal, dejarme llevar por la ciudad, encontrar comunidad, son cosas que se aprenden fuera de la cancha, eso fue tambien mucha esencia de mi primer clasificatorio hace ya 3 años”

Pedaleamos hacia las afueras por la Calzada de Guadalupe. La ciudad se fue abriendo, luego estrechando, hasta convertirse en cerros. Hubo un punto donde dejamos las bicis arrumbadas porque el camino se volvió demasiado rocoso. Daniel Tilapia, nuestro anfitrión, dijo que no había problema. Le creímos. Caminamos hasta unos ojos de agua escondidos entre piedras grafiteadas: una frontera curiosa entre naturaleza y barrio.

Y allí todo cambió.

El clasificatorio aún no empezaba, pero la comunidad ya estaba reunida. Cervezas, papas, un porro pasando de mano en mano; familias, amistades nuevas, gente de otros estados y de otros países. El polo tiene esa rareza: la cancha es guerra, pero fuera de ella somos tribu.

Yo, que apenas llevaba un año jugando, había sido acogido por les compañeres en muchas ocasiones, pero esto era diferente. Al mismo tiempo que el torneo era más serio, más de nivel y más aguerrido, también se sentía en la atmósfera una mayor calidez.

Admiraba a todos esos jugadores y jugadoras; sin embargo, ese día no eran rivales ni referentes: eran humanos. Conversaban, compartían comida, contaban historias, reían.

Entendí entonces que la competencia no empezaba al día siguiente, sino ahí, en el Ojo de Agua, donde lo que se jugaba era pertenecer.

Porque antes de los madrazos, antes de dejarlo todo en la cancha, antes de buscar un pase perfecto, está eso que casi nunca se cuenta: la humanidad que sostiene al deporte.

Y ese día, en mi primer clasificatorio, la encontré.

Pew!
Pewi


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